Para qué hacer votar a los adolescentes

Anibal Fernandez

El proyecto del senador Aníbal Fernández que autoriza el voto optativo de los jóvenes de 16 y 18 años reabre el debate que inició la convención constituyente de la Carta Orgánica de la Municipalidad de Córdoba en 1995, la que lo consagró para la elección de autoridades municipales; y se da, ahora, enrasidencial, apaña el adoctrinamiento en los colegios que lleva a cabo la C un contexto político en el que el kirchnerismo: impulsa la re-reelección presidencial; apaña el adoctrinamiento que la Cámpora comenzó a hacer en los colegios; e ignora las fracasadas experiencias habidas en el país y el rechazo que muestran las encuestas.

La mayoría de la Convención cordobesa votó ésta cláusula basándose, en parecidos argumentos políticos a los que invoca hoy el senador Fernández, asegurando que con ello se iba a incrementar la participación de la juventud en la política, algo que luego no se dio, ya que en las elecciones municipales de 1999 se empadronaron sólo 1200 jóvenes, en 2003  sólo 289; en la de 2007 se redujo a 39 y 337 se anotaron en 2011 para sufragar luego sólo 108, sobre unos 60 mil que lo podrían haber hecho.

Las Cartas Orgánicas de las ciudades cordobesas de Las Varillas, Bell Ville y Colonia Caroya imitaron luego a la de Córdoba capital y por ordenanza lo hizo San Francisco. La Carta de Zapala, en Neuquén, también lo adoptó. En Las Varillas, donde en 2007 votaron 9900 ciudadanos, se anotaron sólo 100 adolescentes y votaron nada más que 40.

Pocos países en el mundo lo admiten como: Cuba; Nicaragua; Irán -a partir de los 15 años-; Chipre, desde los 16; e Indonesia desde los 17. También lo permiten las Constituciones de Austria, de Brasil, de Ecuador; y en Eslovenia -si trabajan en forma remunerada-. En Brasil en 2007 sufragaron el 1,91 % de electores de 16 y 17 años; en 2008 el 1,19%; en 2009, el 1,47% y el 2010 el 1,76%, o sea 2.391.093 votos 16 y 17 años sobre un total de 135, 6 millones.

Las razones que formulé como constituyente en la Convención de 1995, para oponerme al voto de los adolescentes, y que también valen hoy, fueron las siguientes:

  • El entusiasmo y participación juvenil que se dio cuando se recuperó la democracia en 1983 de a poco se fue apagando, y la aparición de algunos grupos juveniles que apoyan al actual gobierno nacional, y que son bien retribuidos por el mismo con empleos y otros beneficios, no son suficiente demostración de que aquel entusiasmo y participación inicial intensificó.
  • El fijar la edad de 16 años para votar; y no la de 14 o 17, debe fundarse en razones que justifiquen el por qué se impone ésta gran responsabilidad a los chicos, en una etapa de su vida en que maduran y definen su personalidad.
  • Siguiendo al dictamen de la psicopedagoga Susana Carena de Peláez, afirmé que el periodo adolescente, que transcurre entre los 14 y 15 años, culmina con el acceso a los valores de la sociabilidad abstracta y a la elaboración de una escala personal de valores. Es un período de transición y de ambivalencia entre aquellos aspectos de la personalidad que se encuentran más definidos, como el dominio de su cuerpo, de las relaciones sociales concretas y de aquellos aspectos afectivos que se encuentran en ebullición. Esta etapa se caracteriza por la ambivalencia fundamental del impulso evolutivo, la relativa incoherencia e inestabilidad de las tendencias que lo acompañan, ya que a través de las divergencias, fluctuaciones, vaivenes y vacilaciones, se realiza un trabajo de síntesis que culminará con la reconstrucción de la personalidad.
  • El periodo de los 16 y 17 años tiene cuatro hechos que lo caracterizan: el descubrimiento del “yo”; la tendencia al aislamiento y a la soledad; la afirmación de si mismo en un fenómeno de embriaguez intelectual y la necesidad de romper con los conformismos sociales y la liberación del “yo”.
  • En esta etapa fundamental de la vida del adolescente, que en los últimos tiempos se ha extendido en el  tiempo, es cuando se le quiere asignar esta nueva y trascendente responsabilidad, lo que les exigirá una maduración anticipada que lo obligará a salir de sí mismo, de anticiparse en esa búsqueda de su propia personalidad y a confiar- a lo mejor- en la imagen de algún líder de ocasión que puede encandilarlo circunstancialmente.

No hay duda que hay excepciones y causas que explican en algunos casos una maduración anticipada, como me ocurrió a mí que me inicié en la política como dirigente estudiantil a los 17 años, en un momento de gran tensión política, pero las excepciones sólo confirman la regla.

¿Vale la pena forzar la maduración de los adolescentes en pro de una participación que nadie pide, ni le agrega nada positivo a una personalidad en búsqueda, muchas veces escasa de modelos dignos de imitación y de estímulos gratificantes? ¿No sería mejor tratar de resolver antes otras necesidades como: salir de la extrema pobreza, evitar la repitencia y el abandono escolar, o de acceder a un empleo decente?

Los políticos, como servidores públicos, tenemos que preguntarnos si con esto se ayuda a mejorar la vida de los adolescentes o les estamos, mezquinamente, pidiendo el voto.

Córdoba, septiembre de 2012.

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