Un parate a la desglobalización

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La despiadada y veloz difusión de la pandemia del Covid-19, ha frenado la reacción nacionalista que en este siglo se había comenzado a imponer en la política de muchos países y regiones, invocando el proteccionismo, la invasión migratoria, la seguridad y otros “intereses localistas” dañados por la globalización.

Prueba de ello son el surgimiento de liderazgos políticos como los de Donald Trump (EEUU) -con su “América primero”-, de Vladímir Putin (Rusia), Jair Bolsonaro (Brasil), Víktor Orbán (Hungría), Narendra Modi (India), Shinzō Abe (Japón), Mateo Salvini (Italia), etcétera; y las reacciones secesionistas como la de Cataluña o el Brexit del Reino Unido.

Esto nos prueba que las murallas y fronteras con que fraccionamos el mundo no sirven para frenar ni detener la epidemia. Los anti-vacunas quedaron sin argumentos. Y si se descubriera una en Israel, ella debería servir también para Irán y viceversa; o si lo fuera en EEUU se debería usar en también China y viceversa, a pesar de sus diferencia políticas. El remedio en el planeta y en el interior de los países, regiones y familias, es unirse para no contagiarnos y curar a los enfermos.

Igualmente, esta trágica experiencia nos demuestra que la globalización exige la unión de nuestros países, como hizo la Unión Europea, y como intentamos iniciarla nosotros con el hoy estancado Mercosur. No sólo para alguna vez concretar aquel ideal histórico de “las provincias unidas del sur”, que expresa nuestra Declaración de la Independencia -votada en Tucumán en 1816- y que invocamos cuando entonamos el Himno Nacional, lo que hoy significaría conformar una confederación de los Estados Unidos de Sudamérica que nos ayude a empoderarnos para afrontar los requerimiento que el mundo nos impone.

Pero la globalización nos exigirá mucho más, como es trabajar para concretar -alguna vez- un gobierno mundial, democrático y republicano, que supere las debilidades de la ONU, de los G-20 y demás organismos internacionales. Que no sólo sirva para enfrentar eficazmente las pandemias, sino también para evitar y castigar atentados y conflictos bélicos; regular el mejor desarrollo de la tecnología -especialmente la nuclear-, las finanzas y el comercio internacional y las migraciones; y reducir las desigualdades, las discriminaciones y la pobreza; garantizar mejor la libertad religiosa y los derechos naturales de las personas: a la vida, a la libertad y al trabajo.

Y, ¿la grieta?

Parece estar en cuarentena. El gobierno abandonó la tendencia a gobernar solo con el 48 % de los que lo votaron, y parece convencido de hacerlo con y para “todos y todas”, lo que

hasta ahora le está dando mejores resultados que los obtenidos en sus primeros cien días en la Casa Rosada.

El presidente Alberto Fernández, el 19 de marzo, en compañía de gobernadores opositores y oficialistas, declaró el: ¡quédate en casa! y propuso una política de salud, que une y coordina nuestro fragmentado sistema público de salud (DNU 297/20). Tanto el de gestión estatal (Nación, provincias y municipios), como el de la seguridad social (obras sociales nacionales, provinciales o sindicales) y el de gestión privada (mutuales, prepagas y pagos), atendiendo las grandes diferencias y falencias que hay en las prestaciones en el extenso territorio argentino. Los análisis de los testeos de los casos de coronavirus que estaban concentrados sólo en el Instituto Malbrán de Buenos Aires, se descentralizaron en nuevos centros ubicados en el interior del país. Los militares reaparecieron -desplegados en todo el país- para hacer “contención social”.

Esta experiencia política de consensuar no debe servir sólo para derrotar la peste, sino que tendríamos que hacerla extensiva a otros graves problemas en los que no damos en la tecla desde hace tiempo. Como, por ejemplo, en la confección de un plan económico, la negociación de la deuda con el Fondo Monetario y los bonistas privados, la redacción del Presupuesto 2020, las reformas del Congreso y de la Justicia, el convocar a un congreso pedagógico que discuta y acuerde: cómo educar en el siglo XXI, etc.

En fin, las desgracias vienen siempre acompañadas de algunas enseñanzas positivas,

¡No dejemos de aprovecharlas!

Córdoba, marzo de 2020.

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