Discurso del egresado Jorge Horacio Gentile en el Acto en que se conmemoran los 325 años del Colegio Nacional de Monserrat

Señor Director, autoridades presentes, señores profesores, queridos  compañeros y compañeras egresados, alumnos, señoras y señores:

Vuelvo después de 53 años al muy querido Colegio Nacional de Monserrat; del que me fui a fines de 1958, luego de la tradicional ceremonia en la que los egresados se arrojan a la fuente del Patio Mayor; con el título de bachiller, dispuesto a enfrentar un porvenir incierto, a tratar de realizar un proyecto de vida, teniendo entre manos algunas metas, ideales e ilusiones – bastante vagas-, que me surgieron mientras permanecí en sus aulas.

Pero esta vez no vine en tranvía, como lo hice en los seis años en que fui alumno. La calle Obispo Trejo y Sanabria era, entonces, más angosta, no era peatonal -como tampoco lo eran ninguna de las del centro-, y los rieles del tranvía han hoy desaparecido. Recuerdo que cuando fuimos estudiantes se demolió la antigua almacén que había en frente del Colegio, oportunidad en que se rompió un recipiente del que se derramaron muchas monedas antiguas, lo que nos llamó mucho la atención.

El edificio de la Casa de Duarte Quirós está ahora dentro de la manzana declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO; lo que resultó en que su fachada esté mejor cuidada, pintada e iluminada que en la década del ’50, tanto, que hasta los escritores de grafitis de hoy las respetan.

En la entrada no está más escrita la leyenda: “Nadie es tan grande que pueda entrar o salir con el sombrero puesto”.

La pizzería de Don Luis, donde íbamos algunas veces, después de clases, a comer su tradicional pizza, no está más en la calle 27 de Abril y Obispo Trejo. Allí, hoy luce la plazoleta Jerónimo Luis de Cabrera.

Argentina y Córdoba, en aquella época, tenía menos de la mitad de habitantes que ahora. Las familias eran más numerosas y estables. Yo venía de una en la que éramos y somos 7 hermanos, y la de mi compañero de promoción, Carlos Horacio Clariá, brillante alumno y gran amigo que falleció en Roma, eran 17.

La mayoría de las madres no trabajaban y estaban dedicadas a educar a sus hijos y a cuidar el hogar. Además de la actual reducción de miembros y del menor tiempo que se dedica a la vida familiar, hay que agregar que entonces había muchísimo menos padres separados o divorciados que ahora.

En el interior del Colegio me encuentro ahora que hay tantas o más mujeres que varones. Esto fue algo impensado en mi época, en donde se tuvo el privilegio de hacer un experimento de ingreso femenino, pero que duró poco tiempo y no prosperó. Recuerdo que las compañeras  mujeres que tuvimos se podían contar con los dedos de la mano. El ingreso masivo de mujeres se concretó, para bien, recién en 1998, luego de una dura resistencia, a la que nunca me quise plegar.

Los alumnos y alumnas de hoy, a diferencia de lo que ocurría hace más de 5 décadas, usan uniformes; tienen, como sus profesores, teléfonos celulares, y a través de los mismos o de sus computadoras, netbooks, notebooks, iPads o tablets están conectados a Internet, se informan mejor y se comunican con fluidez entre sí y mediante las redes sociales con personas de todo el mundo, especialmente por Facebook y Twitter. Obtener, en aquel entonces, un teléfono fijo en una casa de familia podía demorar años.

No hubo en Córdoba televisión hasta 1960; tampoco había fotocopiadoras. La globalización que hoy vivimos era también impensada entonces; ello obliga a los jóvenes de esta época a estudiar necesariamente, para leer y hablar, el idioma universal que es hoy el inglés. En mi época podíamos optar entre estudiar el idioma de Shakespeare, el francés o el italiano. La educación bilingüe es hoy imprescindible, mal que nos pese.

En el plan de estudio, que se mantiene hoy como Bachillerato Humanista, se desarrollaba cuando yo era estudiante en seis años, y ahora se lo cursa en siete, con varias materias más. Al estudio del Latín, que teníamos entonces, se agregó para bien, hace ya algunas décadas, el Griego. Las materias Religión, para los que éramos católicos, y Moral, para los que no lo eran, se estudió hasta que en 1954 se interrumpió por el conflicto entre Perón y la Iglesia. Durante su presidencia, se incorporó también la asignatura Cultura Ciudadana, que en su contenido difundía la doctrina peronista, pero fue suprimida en 1955 cuando se produjo la llamada “Revolución Libertadora”, el levantamiento militar que se inició en esta ciudad.

Hoy el colegio cuenta con un terciario en el horario que en mi época era utilizado por el Colegio Manuel Belgrano, ya que entonces no tenían edificio propio. Las clases de gimnasia las hacíamos en el Parque Sarmiento, detrás del Museo Caraffa.

Mientras fui alumno del Monserrat entre 1953 y 1958, como lo fueron también mi padre y mi hijo, tuve oportunidad de hacer queridos amigos que todavía conservo, algunos viviendo muy lejos de Córdoba.

Tuvimos excelentes profesores, alguno de los cuales merecen ser recordados por su nombre y por sus apodos, como: José María Fragueiro, “Orejita” Buteler, Próspero Grasso, Ceferino Garzón Manceda, la “Vieja” Centeno”, Román Velasco, Samuel Sánchez Bretón, Mario Revol Lozada, “Mister” Hughes, Felipe Yofre Pizarro, Julio el “Loro” Achaval, Emilio Sosa López, López Carusillo, Sánchez Sarmiento, Santiago Ruiz Fontanarrosa y muy especialmente al Maestro de música Alberto Grandi, a quien fastidiábamos cuando cantábamos el himno del Colegio diciendo a coro:“Frente a Duartessssss y Quirós”, práctica que se repitió por años, incluso cuando mi hijo fue alumno.

El país vivió, en esa época, la crisis del segundo mandato de Perón, el conflicto con la Iglesia, el gobierno militar que lo derrocó y que fusiló a militares peronistas, el conflicto entre “libres” y “laicos”, y la revolución cubana, todo lo cual impactó nuestras vidas y la del Colegio.

La inestabilidad política hizo que los rectores y vicerrectores –hoy Director y Vicedirector- fueran sustituidos tres veces por razones políticas; los dos principales que quiero recordar fueron Valeriano Torres y Rafael Escuti. Cuando fue derrocado Perón, recuerdo haber visto a algún profesor con una ametralladora en el hombro en la puerta del Colegio. Los luctuosos sucesos políticos del año 1955 hicieron que ese año se nos eximiera del examen final con un promedio de 4, y no con el de 7 como era siempre.

Actualmente, los profesores son designados mediante concurso y existe un Consejo Asesor, lo que no existía en mi época. El examen de ingreso sigue siendo, para mí, una garantía y un premio para quienes se esfuerzan y aspiran a tener una educación de excelencia, en un momento en que nuestras casas de estudios retroceden peligrosamente en todas las encuestas donde se mide la calidad de la educación, y en el que la repitencia y el abandono escolar son más frecuentes que antes.

Como profesor universitario de primer año, he podido apreciar muchas veces la diferencia que hay entre un egresado de este colegio y otros que vienen de otros establecimientos y que tienen serias dificultades en la comprensión de textos, en lengua, en escritura o en conocimientos elementales de historia o geografía. Una cuestión que la proliferación de institutos privados que preparan ingresantes no ha podido corregir. Tengo para mí que el necesario objetivo de la inclusión no tiene por qué contradecir al de la calidad en la educación.

Fui presidente de la Agrupación de Estudiantes del Monserrat –que cumplía funciones similares al Centro de Estudiantes actual- , director del periódico Proa -que imprimíamos con mimeógrafo-; y participé en las luchas a favor de la enseñanza libre, lo que culminó con la ley Domingorena, que autorizó la creación de universidades privadas, lo que hizo posible la fundación de la UniversidadCatólica de Córdoba, a pocos metros de nuestro Colegio, a donde luego estudié, me gradué como abogado y en la que todavía soy profesor. Esto no me hizo apartarme de la Universidad Nacional de Córdoba, de la que depende este Colegio, que fue a donde obtuve luego el título de Doctor y de profesor, ahora emérito.

De dirigente estudiantil pasé a militar en política a los 17 años, en las elecciones de constituyente de 1957 y luego en las presidenciales de 1958, habiéndome afiliado, el año siguiente, al partido al que pertenezco actualmente.

En esta querida Casa descubrí y le debo muchas de mis condiciones, conocimientos y experiencias, que me marcaron para siempre. Mi vocación por el derecho, la política, la docencia, y la difusión de ideas por la prensa u otros medios nacieron en este Colegio.

La educación humanista que recibí de excelentes profesores, sumada a la circunstancias que rodearon la vida de nuestro país y del mundo de entonces, imprimió en mí valores a los que siempre intenté ajustar mi conducta como: el amor a la libertad, a la justicia, a la democracia, a la Constitución, a la solidaridad, a la igualdad, a la paz, a la excelencia en la educación, al diálogo y al bien común.

Los principales logros que alcancé y las convicciones que me acompañaron en la vida no hubieran sido posible si no hubiera tenido la formación que recibí en esta Casa.

Por eso es que debo agradecer a Dios:

  • por estos 325 años;
  • haber sido y continuar siendo monserratense;
  • por haber pasado por las mismas aulas en la que alguna vez estudiaron próceres de la talla de: Juan José Castelli, Juan José Paso, y el Deán Gregorio Funes; o de quienes fueron presidentes de la República: Santiago Derqui, Nicolás Avellaneda, Miguel Ángel Juárez Celman y José Figueroa Alcorta; o por quién redactó el Código Civil: Dalmacio Vélez Sarsfield; o personalidades del siglo pasado: Arturo Orgaz, Ramón J. CárcanoDeodoro RocaLeopoldo Lugonesy Agustín Díaz Bialet –que egresó con mi padre y fue juez de la Corte Suprema de Justicia-; o los contemporáneos: el filósofo Ernesto Garzón Valdez, el Cardenal Estanislao Karlic, el Ministro de Justicia Jorge de la Rúa y el administrativista, doctorado en la Universidadde París, Enrique Saravia –estos dos últimos que fueron de mi promoción-; entre muchos otros;
  • por los directivos, profesores y compañeros que tuve – con alguno de los cuales nos reunimos desde hace años a cenar los primeros viernes de diciembre para alimentar estos recuerdos-;
  • por la devoción que le debo a la Virgenmorena, Nuestra Señora de Monserrat, a quién visité hace algunos años y recé en el Monasterio construido hace más de mil años en su nombre, en una de  las montañas catalanas que hay al norte de Barcelona; y
  • por sentirme siempre guiado por la frase que luce en el escudo del Colegio: En virtud y en letras”,e iluminado, con la que termina su himno: Por la Patria y en la Patria, con la luz del Monserrat.”

Córdoba, 1º Agosto de 2012.

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